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La realidad de ser madre

Una de las cosas que me maravilla de mi trabajo es el antes y después del parto de aquellas mujeres a las que he acompañado durante todo su embarazo, durante nueve meses en los cuales hemos tenido conversaciones y me han transmitido sus dudas, miedos, inquietudes.

Una vez vuelven a la consulta después de haber dado a luz a su primer hijo, percibo que algo ha cambiado, que una luz especial brilla en su mirada, esa luz que sólo las que acaban de ser madre son capaces de transmitir. Pero también percibo el cansancio, esa brecha emocional que se abre durante el posparto.

Ser madre

Todavía recuerdo el vértigo al salir del hospital con mi primer hijo en brazos. Lo recuerdo como un gran salto al vacío, la mayor responsabilidad a la que iba a hacer frente a partir de entonces. Había un ser pequeñito y frágil que a partir de ahora dependía totalmente de mí, de mis cuidados.

También recuerdo que ese sentimiento de responsabilidad fue dando paso a una plena y absoluta entrega, de tiempo, de energía, de AMOR. Así, con mayúsculas. Ser madre es eso en definitiva, amar. Y es algo que no se aprende hasta que no se produce. La típica frase que dicen las madres de:   ”ya verás cuando seas madre” nunca llega a adquirir sentido hasta que se vive ese momento.

Pero también recuerdo que ese amor a veces daba paso a otro sentimiento de ambivalencia, de no reconocerme a mí misma en el espejo, de llegar a tal límite de cansancio físico y psíquico que pensaba que podría llegar a quebrarme. Y así es que tengo que reconocer que en alguna vez he llegado a llorar amargamente y debo decir, con vergüenza, anhelando mi vida anterior, mi libertad anterior, mi cuerpo anterior a ser madre.

El “puerperio” como lo llamamos los ginecólogos es sumamente jodido. Es un periodo del que nadie nos avisa, ni la madre, ni la suegra, ni las amigas. Parece que todo el mundo está tan preocupado por mostrarnos la cara dulce de la maternidad, la parte almibarada, la de los “baby showers”, la de los bebés de piel de melocotón y mamás repeinadas, bien vestidas y sonrisa amplia; que nadie nos prepara para la realidad.

La realidad es que no es nada fácil, porque durante las primeras semanas después de dar a luz, a ratos, nos sentimos poderosas y eufóricas y al cuarto de hora inseguras, débiles e irascibles, con los dientes apretados y contenidas para seguir los cánones sociales de la maternidad perfecta. La realidad es que los bebés lloran, y las mamás no siempre tienen tiempo para estar perfectas, porque la lactancia materna tampoco es siempre tan fácil y requiere entrega y paciencia.

Sin duda el posparto es una etapa dura pero si de algo aprendí con mi primer hijo es que no hemos de crearnos expectativas irracionales con el nuevo rol de madre, lo mejor es dejarse llevar por el instinto de cuidado del bebé y abandonarte a la realidad del cambio de tu nueva vida. Siente el vuelco que ha dado tu vida como parte de tu evolución como mujer, como la experiencia más emocionante y enriquecedora que puede existir: SER MADRE.